miércoles, 19 de enero de 2011

LA MALDICIÓN DE LOS ATRIDAS (II)

Ruinas de Esparta.
Tras la expulsión de Tiestes por su hermano Atreo después del horrendo festín en honor de aquel, conocido como <>, que provocó el rechazo de dioses y mortales, aún quedaba viva su hija Pelopía, que habría de sufrir su tragedia personal. Tiestes maldijo a su hermano Atreo y juró venganza consultando por ello al oráculo de Delfos, que le informó del castigo que llevaría a cabo el hijo nacido de la unión con su propia hija Pelopía, si esta se produjera, en la persona de su hermano Atreo. La violación de su hija, que no le reconoció, se consumó para cumplir el vaticinio y ésta le robó la espada a su agresor, huyendo a Épiro donde encontró refugio en su rey: Tesproto. Bajo la protección y el asilo que el rey le proporcionó, Pelopía vivió su incipiente embarazo hasta que su tío Atreo, que buscaba a su hermano, apareció por allí y se enamoró perdidamente de su sobrina, ya embarazada y presentada por Tesproto como su hija, casándose ambos. Pelopía (o Pelopia, pues los distintos textos no se ponen de acuerdo en la tilde) engendró a un varón y lo abandonó, siendo recogido por Atreo y enviado a la corte de Micenas con el nombre de Egisto.


Los años fueron pasando y Atreo seguía buscando a su hermano Tiestes, cegado por el odio. Cuando Egisto era ya un muchacho, Atreo envió a sus dos hijos, Agamenón y Menelao, a consultar el oráculo de Delfos con el fin de saber donde se hallaba su hermano; asimismo Tiestes buscaba a su hermano Atreo para consumar la venganza, y también se encaminó a Delfos para averiguar su paradero. Quiso el destino que los sobrinos y el tío se encontraran allí, y que Agamenón y Menelao, tras reconocer a su pariente, le hicieran prisionero y lo enviaran a Micenas, siendo encarcelado por Atreo, que le condenó a muerte y encargó su ejecución al joven Egisto, entregándole la espada que Pelopía había robado a su padre y violador para tal fin. Llegado el momento de la ejecución y cuando Egisto levanto la espada para matar a Tiestes, este reconoció el arma y preguntó a su verdugo cómo la había conseguido, y después del relato del joven cayó en la cuenta de que su verdugo era su hijo y nieto, producto de la violación de su hija, y pidió como gracia volver a ver a Pelopía antes de morir. El joven Egisto accedió a su petición y le condujo a Épiro para que pudiera despedirse de su hija. Pero Pelopía, que ya conocía el incesto llevado a término por su padre en su persona, sucumbió a la vergüenza y a la idea del reencuentro con su violador y decidió suicidarse atravesándose con la espada que portaba su hijo, años atrás robada a Tiestes.

Egisto, tras la muerte de Pelopía, perdonó la vida de de Tiestes y regresó a Micenas con la espada ensangrentada anunciándole a Atreo la muerte de su hermano, hecho que le causó gran alegría y tranquilidad al sentirse libre de su odiado Tiestes, preparando una ofrenda a los dioses en agradecimiento por tal desenlace. Mientras Atreo preparaba el ritual, Egisto aprovechó el momento para apuñalarle y así vengar la muerte de su padre, cumpliéndose la profecía del oráculo de Delfos.

Muerto Atreo, su hermano Tiestes se apoderó del reino de Micenas, hecho que no estaban dispuestos a admitir ni Agamenón ni Menelao (que habían sido desterrados en Sición), uniendo sus fuerzas y logrando reunir un poderoso ejército con la ayuda de Tindáreo (rey de Esparta, esposo de Leda y padre de Clitemnestra y Cástor. También figuran entre su prole la bella Helena y Pólux, aunque eran hijos de Zeus) expulsando del trono a Tiestes, que se refugió en la isla de Citera hasta su muerte. Egisto habría de rematar la venganza vaticinada por el oráculo de Delfos, años más tarde, con el asesinato de Agamenón a su regreso de la guerra de Troya, en connivencia con la esposa de este, Clitemnestra, en calidad de amante de la misma.

Recuperado el trono de Micenas por los hijos de Atreo, ambos decidieron que el soberano habría de ser Agamenón, estableciéndose Menelao en Esparta y contribuyendo a la unión de ambos reinos, los más poderosos de toda Grecia. Agamenón se casó con Clitemnestra y ambos tuvieron cuatro hijos: Electra, Orestes, Crisótemis e Ifigenia.

Helena y Menelao, reyes de Esparta.

Años antes, en una ciudad de Asia menor llamada Troya, la reina Hécuba estaba embarazada de su segundo hijo y tuvo un sueño tan inquietante como desconcertante: soñó que daba a luz a un haz de leña ardiendo del que salían serpientes y le contó el sueño a su marido Príamo, el rey de la ciudad. Príamo pidió ayuda al vidente Calcante, sacerdote de Apolo, el dios al que rendía culto la ciudad, y este le dijo que decapitara al niño-porque sería un varón-nada más nacer, para evitar la terrible desgracia que caería sobre Troya con ese nacimiento.

La antigua Grecia.
Príamo, horrorizado por la idea de matar a un bebé que además era su propio hijo, decidió llamar a su capataz de pastores y ordenarle que abandonara al niño en los bosques del monte Ida, y que volviera a los diez días al lugar para comprobar si aún seguía vivo. El pastor cumplió la orden pero regresó al lugar a los nueve días, y comprobó sorprendido que el niño estaba vivo y era alimentado por una osa, decidiendo llevárselo a su casa y criarlo con sus hijos. Antes del abandono de su bebé, Hécuba le metió entre las ropas un sonajero para calmar los llantos de la criatura. El niño fue llamado Paris y creció en casa del pastor, fuerte, hermoso e inteligente y con un alto sentido de la justicia, siendo reclamado por los pastores para ser juez en las corridas de toros, cosa que sabía Zeus, que apreciaba las virtudes del joven.



Eris: diosa de la discordia.

Mientras Paris vivía en aquel entorno pastoril, gozando de la naturaleza y de los amoríos con las zagalas del monte Ida, en el reino de Ftiótide se preparaba una gran boda entre la nereida Tetis y el rey Peleo (futuros padres de Aquiles) a la que asistían los dioses y diosas del Olimpo; todos menos Eris, la diosa de la discordia, que se sintió muy ofendida y decidió aguar la fiesta: Eris depositó una manzana de oro, con la leyenda “para la más bella”, sobre la mesa que compartían Hera (esposa de Zeus), Atenea (hija soltera de ambos y diosa de la sabiduría y la guerra) y Afrodita (nuera de estos y diosa del amor). Lo más lógico habría sido entregar la manzana a la novia pero Zeus, conocedor del carácter de su esposa y demás mujeres de la familia, decidió no implicarse en tan delicado asunto y recordó la imparcialidad y buen juicio del joven Paris, enviando en su búsqueda al mensajero del Olimpo, Hermes, para encargarle tan delicada misión. Paris recibió el encargo con disgusto pero no pudo negarse y desobedecer al dios de dioses.

Con ello se organizó el primer concurso de belleza de la historia y Paris citó a las candidatas al premio en las campiñas del monte Ida. Las tres gracias olímpicas se presentaron juntas ante el juez y, tras exhibir sus encantos por riguroso turno, procedieron al soborno del jurado: Hera prometió al juez nombrarle emperador de Asia si era la elegida, Atenea le ofreció la suprema sabiduría y la victoria en todas las batallas; y Afrodita, hermosa y sensual, conocedora de las artes de seducción más refinadas, le susurró al oído:

¡Querido Paris, declaro que eres el muchacho más atractivo que he visto desde hace muchos años! ¿Por qué perder el tiempo aquí, entre toros, vacas y pastores estúpidos?

¿Por qué no te mudas a alguna ciudad rica y llevas una vida más interesante? Mereces casarte con una mujer casi tan hermosa como yo; déjame que te sugiera a la reina Helena de Esparta. Una mirada y haré que se enamore de ti tan profundamente que no le importará dejar a su marido, su palacio, su familia… ¡Todo por ti!
El juicio de Paris.


Aquellas palabras de Afrodita hicieron mella en Paris, auténtico Play Boy de la antigüedad, que acabó concediéndole a la diosa la manzana y propiciando con esa decisión el inicio de la guerra de Troya, años más tarde, y la cólera de las otras diosas, que juraron venganza. Pero volvamos a Esparta y a Menelao y sigamos la historia de los Atridas.

En el reino de Esparta los soberanos eran Tindáreo (hijo de Ébalo, rey de Esparta, y de Gorgófone) y Leda (hija de Testio, rey de Etolia), hermosa mujer de seductora y perenne sonrisa que gustaba del baño diario en las claras aguas del río. En uno de sus baños habituales fue avistada por Zeus y el dios se sintió atraído por Leda, transformándose en cisne para acercarse a la reina sin alterarla, como había hecho con Europa transformado en toro (véase la historia de Minos, rey de Creta en este blog). En ese encuentro, Leda fue poseída por Zeus en las aguas del río y poco antes por el rey, su esposo. De ambas uniones quedó Leda embarazada y, saltándose las leyes de la reproducción animal, su descendencia fue al 50% de ambos amantes creando confusión sobre la paternidad de ambos. Una tradición-la más aceptada- dice que la reina parió dos huevos, y que de uno de ellos nacieron Clitemnestra y Cástor y del segundo Helena y Pólux, atribuyendo la paternidad del primero a Tindáreo y la del segundo a Zeus. No obstante, Cástor y Pólux, los dioscuros, eran considerados gemelos a pesar de su paternidad dual (Pólux sería inmortal por ser hijo de Zeus, y Cástor mortal por ser su padre Tindáreo); que cada cual piense lo que quiera. Para completar la dinastía de los TINDÁRIDAS, debemos citar a Timandra, Filónoe y Febe.
Leda y el cisne (Leonardo Da Vinci)


La descendencia de Tindáreo creció en Esparta y Helena, aún adolescente, se convirtió en una mujer hermosísima cuya fama traspasó los límites del reino hasta ser considerada la mujer más bella de todos los reinos de la futura Grecia, siendo por ello raptada por Teseo (véase el personaje en este blog) , llevada a Ática y liberada por sus hermanos dioscuros (Cástor y Pólux) que conquistaron Afidna, la ciudad en que estaba retenida, se llevaron a Etra (la madre de Teseo) y derrocaron a Teseo para poner a Menesteo en el trono de Atenas. Su hermana Clitemnestra se casó con Agamenón, el poderoso rey de Micenas, que habría de asegurar una gran boda a su hermano Menelao con la hermosa Helena, desencadenando la guerra de Troya años más tarde y una tragedia personal que acarrearía su muerte a su regreso a Micenas, ejecutada por su esposa y el amante de ésta.

miércoles, 5 de enero de 2011

Volveré.

Nunca me enfadé porque soy de enfado rápido pero efímero, de calentón sin muerte. Nunca me enfadaré por lo mucho que he recibido de las lecturas de los argonautas y la experiencia de conocer la amistad virtual, pero real, de personas que te hablan con palabra escrita y sin cara pero con corazón, con una gran humanidad que llena los espacios vacíos de la relación cotidiana entre amigos, conocidos, compañeros y familiares. Nunca.
De "los tres monitos" que vienen de serie, tiraría por la borda al ciego por lo dicho anteriormente: seguiría como un "fisgón" la singladura  de la Argos aunque  no participase en ella con mis comentarios. Nunca me enfadé pero me sentí malquerido, sobrante en la nao, y decidí desembarcar porque me mareaba y me sentía mal. Ahora me siento mejor al comprobar que existe la amistad y el aprecio:
 D. neo: El alma mater del blog, el amigo incondicional de todos: Un  abrazo fortísimo sin fractura de costillas y sin zeroladas. Gracias, amigo.
Doña  Nikita: Hermosa como un nenúfar flotando sobre el agua cristalina Andalusí, con lágrimas en sus hermosas mejillas. Gracias.
 Doña Carmen Quirós: He vuelto del Monsacro: hacía un frío en la cueva que pelaba y llovía en el exterior sin parar... Gracias amiga.
 D. Kaizer sus comentarios llevan una sonrisa implícita, es usted una persona alegre y feliz.
 Muchas gracia por sus comentarios.
D. Uno que arregla zapatos, versus Patrón: usted no me perdona.
 No hay nada que perdonar, salvo el "delito" de querer que su tierra natal y vital  sea más próspera de lo que es, sentimiento extensible a toda España  y a todo el mundo.
 No soy nacionalista, nunca lo fui y nunca lo seré; nunca me sentiré superior por ser asturiano o de otra tierra, porque la Tierra es mi casa, porque soy ciudadano del mundo y seguiré disfrutando de él mientras tenga las fuerzas suficientes. Gracias también a ambos/uno.
 Ahora, mientras envuelvo los regalos de Reyes, pienso en la gran suerte que tiene usted, D. Santiago, con una nave tan afortunada y bien avenida.
  ¡Largaz las velas, el Bauprés y la Cangreja, izar la Mayor, que zarpamos!
Permiso para subir a bordo, señor.

 Gracias a todos.



jueves, 23 de diciembre de 2010

felices fiestas a todos

Ahora que comienzan las fiestas de navidad, quiero desear a todo el mundo desde esta casa virtual, que es la de ustedes,  las mejores fiestas que puedan imaginar disfrutando de la familia, amigos, vecinos, y del paréntesis que suponen para la vida cotidiana, gozando de todo, todos y de nosotros mismos para iniciar el nuevo año con energía e ilusión, en un renacimiento físico y espiritual que se renueva todos los años.
Deséo tambien agradecer y felicitar especialmente a aquellos  que me han honrado con su presencia en este blog como seguidores: D. NEOCATECUMENALIA, D. GULLIVER, D. ALFREDO GARCÍA FRANCÉS, D. NICONTIGONISINTI, DÑA NIKITA Y DÑA CARMEN QUIRÓS.  También a los seguidores ocasionales que se han pasado por estas latitudes, procedentes de muchas partes del mundo:
 ESPAÑA
MÉXICO
ARGENTINA
CHILE
ESTADOS UNIDOS
PERÚ
RUSIA
VIETNAM
MALASIA
PAÍSES BAJOS
VENEZUELA
COLOMBIA
ECUADOR
CABO VERDE
ALEMANIA
FRANCIA
EMIRATOS ÁRABES
A todos ustedes muchas gracias por su atención y que el año entrante sea mejor aún para todos.
¡FELICES FIESTAS!

miércoles, 8 de diciembre de 2010

EL PUENTE.

El puente, y de puente a puente me tiro a la corriente...
 Hermoso puente ya invernal pero efímero en el frío, con una nieve evanescente en el tejado y en los paisajes, que desaparece-y nunca mejor dicho-de la noche de llegada a la amanecida tras una lluvia copiosa y una subida térmica colosal. La pocilguina era una cámara frigorífica que hubo de templarse a base de hacha y fuego hasta la desaparición del fantasma de tu respiración. Paseos por el campo, por los montes y por el pueblo, que se resiste a cambiar, y vientos que te azotan de cuando en cuando obligándote a frotarte los brazos. Nó, no había goteras ni signos de haberlas habido en todo este tiempo; suelos secos y camas secas, arañas tendidas en su tela y algún rastro de ratón por los muebles, leña de roble y castaño crepitando en el hogar de la cocina y la estufa, caldeando las cuatro paredes de piedra.
 Me acomodo en el banco rústico de madera de la casa de un vecino, ya ausente, y veo una bola peluda y negra que respira, bajo la luz de cesio de la farola, tapada por un cartón en la leñera, sin saber qué es. De repente, asoman unas orejas picudas y una cabeza redonda: Es un gato que sestea, uno de tantos gatos que habitan en el pueblo y se reproducen  de manera exponencial. Nos miramos, yo sigo mirando a Orión tumbado en el horizonte sin pretender interrumpir su descanso y él se levanta lentamente, silencioso y sin dejar de mirarme a los ojos, y se marcha. Me quedo un rato pensativo y me voy a cenar.

 Por la noche llueve y el repicar de las gotas de lluvia se oye en la calle y en el tejado, lejano. El viento sopla con ráfagas sobre las ventanas y las hace crujir, al igual que las hojas de los árboles, multicolores, que van cayendo y alfombrando los caminos que habré de pisar al día siguiente, escondiendo las piedras gastadas por el paso del tiempo y de los carros que por allí han rodado.
 El mismo paisaje de siempre transformado por las estaciones; el mismo paisanaje menguante  de todos los pueblos pequeños y apartados que sufren la pérdida incesante de sus habitantes, que van muriendo.
República gatuna, perruna y de otras especies animales que reclaman su territorio robado entre las ruinas actuales que una vez ha creado el hombre para vivir.
 ¡Adios casa, mi pocilguina, cuidate!

domingo, 21 de noviembre de 2010

LA MALDICIÓN DE LOS ATRIDAS (I)

Supuesta máscara funeraria de Agamenón, rey de Micenas (1600 A.C. Museo Arqueológico de Atenas).

Quizás una de las dinastías más interesantes de la mitología griega sea la de los Atridas, llamada así por ser su fundador Atreo, quien habría de transmitir una terrible maldición de sangre y venganza a sus descendientes que marcaría la historia de esa familia y también la historia de la Grecia antigua, dando pié a toda una literatura clásica que va desde Homero hasta los grandes dramaturgos de la antigüedad clásica: Esquilo, Eurípides y Sófocles, por no citar a los escritores romanos y a todos los que habrían de venir después, en distintos países y en diferentes épocas. Todo un universo de pasiones, grandezas y perversiones, que ha forjado nuestro legado cultural desde la noche de los tiempos hasta hoy día y que nos hace pensar en la naturaleza humana, capaz de las mayores grandezas y de las mayores ruindades. Un patrón que se repite a lo largo y ancho de nuestra historia… Como una maldición más arcaica que la de los Átridas.


Dice la mitología que Zeus creó a Tántalo a través de su unión con una humana, y que éste engendró a Pélope y a Niobe, siendo rey de Frigia. Tántalo quiso probar la infalibilidad de los dioses olímpicos invitándoles a un ágape en el que se servía un plato muy especial: El niño Pélope cocinado como un lechón. Los dioses se percataron de aquella monstruosidad y rechazaron la comida, salvo Demeter, que en su distracción comió un trozo de carne del niño correspondiente a su hombro derecho, acto que impidió reconstruir totalmente la anatomía del infante cuando los olímpicos, conmovidos, decidieron devolver la vida a Pélope y reconstruir su hombro con una prótesis de marfil. Esto no impidió que el niño creciera sano y hermoso a pesar de su mutilación.

Efectivamente: Pélope creció y se convirtió en uno de los príncipes más hermosos de su época hasta el punto de llamar la atención de Poseidón, que le raptó para llevárselo al Olimpo en calidad de copero para no ser menos que Zeus, que secuestró al príncipe Ganímedes por el mismo motivo y con el mismo fin; ambigüedad sexual de dioses y mortales tan presente en una cultura amante de la belleza, de la proporción, del canon perfecto, pero también de la belleza espiritual. En las ruinas de Olimpia, en el túnel de salida de los atletas, se puede ver grabado en las piedras un testimonio amoroso: un nombre (que no recuerdo) seguido del adjetivo KALOS (bello). Una cultura avanzada y también injusta, xenófoba por su desprecio al extranjero-el meteco-y usuaria de la esclavitud como liberación de las tareas más tediosas y rutinarias, que con su liberación creo la filosofía y la democracia. Pero volvamos a la historia.

Ganímedes y el águila (1817 Museo Thorvaidsen de Copenhague)
Instalado Pélope en el Olimpo en calidad de copero, que debía servir la ambrosía a los dioses, su padre quiso adquirir la inmortalidad de los divinos probando el elixir de los dioses y presionó a su hijo para distraer una copa; pero la cantina olímpica estaba bien vigilada y la distracción fue advertida a tiempo. Pélope fue expulsado de las mansiones de Hefesto, y Tántalo castigado terriblemente en el Tártaro por toda la eternidad: Un vergel de ríos cristalinos y árboles frutales que no saciarían sus necesidades porque, cuando el condenado se acercaba al río y a la fruta, éstos reaccionaban secándose y elevando sus ramas para hacer imposibles sus propósitos.

Pélope, desterrado de su reino y liberado de su padre, siguió su camino vital hasta llegar a Grecia y en Elide conoció a Hipodamía, hija del rey Enómao, de la cual se enamoró siendo correspondido por ella. Un oráculo advertía al rey que de que moriría a manos de su yerno y por eso retaba a todos los pretendientes de su hija a una carrera de carros para obtener su mano. Enómao, hijo de Ares, disponía de unos magníficos caballos heredados de su padre, con los que había vencido a los jóvenes pretendientes de su hija hasta el momento, salvándose de la profecía del oráculo. Pélope recogió el guante arrojado por su futuro suegro y accedió a la competición, logrando la victoria con ayuda de su amante, que convenció al auriga Mírtilo para que trucara el carro de su padre sustituyendo los pernos de las ruedas por clavos de cera, muriendo Enómao en la competición. La profecía se había cumplido y Pélope tomó por esposa a Hipodamía.


Pélope e Hipodamía en el carro.
Pélope e Hipodamía tuvieron dos gemelos (Atreo y Tiestes), Alcátoo (el padre de Ayax), Piteo (abuelo de Teseo, del que ya se habló en este blog) y Astidamía. También tuvo un desliz con una ninfa, del cual nació Crísipo, encendiendo el odio de Hipodamía que lo transmitió a sus hijos gemelos hasta el punto de urdir un plan para matar al bastardo, cosa que impidió Pélope y dio origen a la maldición de los Átridas, formulada por Pélope contra sus hijos gemelos, y al destierro de sus hijos y su mujer.

El recuerdo de Pélope está presente en la actual Grecia dando nombre a la península del Peloponeso (Peloponisos: la isla de Pélope).


    Una vez expulsados los gemelos Atreo y Tiestes, junto a su madre, Hipodamía, se refugiaron en Argos, donde el yerno de Pélope, Esténelo, les confió el cuidado de la ciudad. Atreo se casó con Aérope ( nieta de Minos, el rey de Creta, personaje ya tratado en este blog) y tuvo dos hijos: Agamenón y Menelao. Un cordero de su rebaño crió un vellón de oro y Atreo lo escondió para no ofrecérselo a la diosa Ártemis (la Diana de la mitología romana), guardando el vellón en un arca. Su esposa, Aérope, se había dejado seducir por su cuñado, Tiestes, y le regaló la piel de oro a su amante, cosa que descubriría con el tiempo Atreo cuando ya era rey de Argos y Micenas.
 Atreo llamó a su hermano para invitarle a un banquete en su honor. En este caso la comida era más de lo mismo: antropofagia a costa de los hijos de Tiestes, siguiendo la tradición familiar iniciada por su abuelo Tántalo. Después de tan macabra comida Atreo le reveló a su hermano la receta de tan sabroso ágape, arrojó al mar a su esposa adúltera y expulsó de sus reinos a su hermano, alimentado con las carnes de sus propios hijos.
 La crueldad humana y el odio no tienen épocas ni fronteras, tampoco sirven para contenerlas los lazos familiares, tan característicos de nuestra cultura mediterranea que incluye una dieta variada y equilibrada, recientemente elevada a la categoría de PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD. Supongo que esa distinción patrimonial no incluye esos gustos culinarios que aquí se reseñan, aunque la decadencia que nos invade es capaz de cualquier cosa, incluso el canibalismo como experiencia nueva, que ya se ha dado en nuestra avanzada sociedad.
 Una maldición encarnada en los Atridas, de la que seguiremos hablando.





viernes, 12 de noviembre de 2010

SEXO, OBSESIÓN, PASIÓN Y SESO.

Érase un hombre a una nariz pegado.
Érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escríba,
érase un pez espada muy barbado...
 Así comienza el soneto de Quevedo a una nariz, y así podría comenzar un dicho popular que asegura la posesión de un gran pene debajo de una soberbia nariz; una tontería.
 El sexo es el instinto más contundente e irrefrenable del ser humano, tanto hombre como mujer, y el que mueve la voluntad de las personas hasta el extremo de su perdición o de su felicidad, aún en condición de gran carencia. Sexo infantil de tocamientos, caricias y exploración genital para saber que tu aparato reproductor no solamente sirve para evacuar la orina; sexo adolescente cargado de hormonas y secreciones, reforzado por el deseo de la unión con otro sexo, con otra persona que palpita en sintonía con la misma onda que tu generas con tu vibración vital e involuntaria; culminación en las caricias, besos, palabras cariñosas, a veces soeces pero estimulantes; intercambio de fluidos venéreos que culminan en el orgasmo y terminan en la dulce calma y el sueño de ambos amantes, más reforzados como seres vivientes. Sexo, placer, obsesión y seso; materia gris  que nos permite frenar los excesos y refinar los encuentros amorosos, con el aderezo de la pasión y el Kamasutra personal: todo un universo de sentidos y sentimientos al servicio del crecimiento personal.
 Después el sexo se hace más tranquilo, próximo a la desembocadura del río en la mar, que es el morir, o al menos, más esporádico pero más intenso, con más palabras y menos lenguaje corporal: Los amantes que otrora follaban intensamente, son agora amigos/amantes que follan de vez en vez, tomándose un respiro o mil si hace falta, con el diálogo de la complicidad que concede el proyecto común de la relación mantenida. Un intercambio de calor humano, en el sentido más estricto, frente a una mezcla de fluidos venéreos cada vez más escasos.
 ¡Joder, cómo presta joder sin temor a los gatillazos!

sábado, 23 de octubre de 2010

ESTAR EN LAS NUBES.

 Estar en las nubes es algo indescriptible aunque invite a la descripción de esas formas cambiantes de aire y agua,  tan caprichosas que mudan su forma en cuestión de segundos, impulsadas por el cincel del viento. Físicamente hablando, solo he estado en las nubes, bajo las nubes y sobre ellas, como pasajero de un avión que me transportaba hacia otros cielos con otras nubes y otras tierras; sobre la tierra he estado con la mirada puesta sobre las nubes de vez en vez, a lo largo de toda mi vida.
 En la infancia jugábamos a interpretar las formas de las nubes, tumbados sobre la hierba, describiendo los cambios que sufrían  y las distintas formas que iban adoptando: un dragón escupiendo fuego, un señor gordo, un pájaro enorme con las alas extendidas... Todo un mundo de formas y de matices lumínicos que cambiaba constatemente para dar paso a otras imágenes. Pura fantasía infantil.
 Después las nubes dejan de ser un juguete para convertirse en el fenómeno físico que son, en el oráculo celestial que vaticina bonanza o desastre, lluvia o sequía, poder o no poder emprender una salida.
 Sigo mirando las nubes bajo dos puntos de vista, y me encanta.