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martes, 8 de marzo de 2011

LA MALDICIÓN DE LOS ATRIDAS (III)



Artemis con el ciervo sagrado
 Instalados en la ciudadela de Micenas, Agamenón y Clitemnestra tuvieron varios hijos y el último embarazo de la reina dio como fruto a una niña llamada Ifigenia. La soberana, ante la imagen de su hija, exclamó emocionada “es hermosísima, aun más bella que mi hermana Helena”. Pero aquella hermosa criatura, tan controvertida en la literatura de todos los tiempos, habría de protagonizar el trágico inicio de la guerra de Troya, con su sacrificio, también oscuro por las distintas versiones.
 Efectivamente. El personaje de Ifigenia (Ίφιγένεια) está empañado por un halo de misterio hasta el punto de no figurar (al menos con ese nombre) en la epopeya homérica (La Iliada) pero sí figurar en las epopeyas cíclicas y fundamentalmente en la obra de los clásicos griegos  (Ifigenia, de Eurípides). En Homero podremos encontrar a un personaje, Ifianasa (φιάνασσα), en el libro IX, que no comparte la misma suerte y según los expertos no es la misma persona. También existen varias versiones a cerca de la implicación de la joven en la guerra de Troya mediante su sacrificio, exigido por la diosa Artemis, y con distintos finales según la tradición que consideremos:
 En una de estas tradiciones, Agamenón provoca la cólera de la diosa por haber cazado uno de sus venados sagrados y Artemis le exigiría el sacrificio de Ifigenia más tarde.
 En otra tradición, más elaborada y compleja, el enfado de Artemis se genera en el nacimiento de Ifigenia, al no cumplir su palabra el rey de Micenas de sacrificar al “animal más bello de toda Grecia”. Cuando Clitemnestra estaba a punto de alumbrar a su hija se complicó el parto y la naturaleza, con la ayuda de las parteras de palacio, no podía resolver la situación iniciándose una lenta agonía para madre e hija. Clitemnestra vivía la situación, noche y día, en un agotamiento y dolor continuos mientras Agamenón se sentía impotente y triste por ver a su esposa en tal situación sin saber qué hacer. Al cuarto día de sufrimiento y mientras contemplaba el paisaje desde palacio, Agamenón recurrió al poderío de los dioses, concretamente a Artemis, la diosa de la caza, que él tanto practicaba, pero también la sustituta de Ilitía (la diosa del parto) desde que ayudó a su madre, Leto, a alumbrar a su hermano Apolo, nacido un poquito después que ella. Por este motivo los griegos la adoraban también como la ayudante o auxiliar de las mujeres embarazadas en el santuario de Braurona, en Ática, realizando sacrificios en su honor las mujeres que habían tenido un parto sin incidencias, y llevándole las ropas de la mujer fallecida en el parto como ofrenda, los familiares de ésta. Pero Artemis (o Ártemis, según los textos) era adorada también como Kurotrofos, en el templo de Éfeso,  por su labor de criar a los niños y guiar el paso de la adolescencia a la edad adulta.
 Agamenón organizó un sacrificio a la diosa como último recurso, con la promesa de satisfacer a Artemis en lo que fuera necesario si ésta salvaba la vida de ambas. La divina accedió a la petición pidiendo a cambio el sacrificio de “el ser más bello de todos los reinos de Grecia” y el rey de Micenas se comprometió a cumplir el pacto. En aquel momento, la reina comenzó el periodo expulsivo del parto y alumbró a su hija sin problemas; la comadrona fue corriendo a darle la noticia al rey y éste corrió hacia su esposa, que estaba sobre la cama con su hija entre los brazos: Mira, esposo, a nuestra hija y contempla su hermosura, es aun más bella que Helena. Agamenón, emocionado y con lágrimas asomando por sus ojos, abrazó a madre e hija  y comprendió, tras las palabras de su esposa, las intenciones de la diosa sin querer asumir el verdadero mensaje que rondaba en su cabeza.
  Al día siguiente y sin demora, el poderoso rey de Micenas envió heraldos por todos los reinos de Grecia para comprar los animales más bellos de cada especie conocida, que serían traídos a su palacio y sacrificados en honor de la diosa para saldar la deuda divina. Durante meses fueron llegando a Micenas cargamentos de animales, los mejores de su especie, y alojados en palacio para tal fin. Llegado el momento Agamenón, asistido por los sacerdotes, celebró un gran sacrificio con las piezas compradas por toda Grecia y la vida en palacio se desarrolló sin incidenciasrante años.





Detalle de Helena en una crátera del museo de


miércoles, 19 de enero de 2011

LA MALDICIÓN DE LOS ATRIDAS (II)

Ruinas de Esparta.
Tras la expulsión de Tiestes por su hermano Atreo después del horrendo festín en honor de aquel, conocido como <>, que provocó el rechazo de dioses y mortales, aún quedaba viva su hija Pelopía, que habría de sufrir su tragedia personal. Tiestes maldijo a su hermano Atreo y juró venganza consultando por ello al oráculo de Delfos, que le informó del castigo que llevaría a cabo el hijo nacido de la unión con su propia hija Pelopía, si esta se produjera, en la persona de su hermano Atreo. La violación de su hija, que no le reconoció, se consumó para cumplir el vaticinio y ésta le robó la espada a su agresor, huyendo a Épiro donde encontró refugio en su rey: Tesproto. Bajo la protección y el asilo que el rey le proporcionó, Pelopía vivió su incipiente embarazo hasta que su tío Atreo, que buscaba a su hermano, apareció por allí y se enamoró perdidamente de su sobrina, ya embarazada y presentada por Tesproto como su hija, casándose ambos. Pelopía (o Pelopia, pues los distintos textos no se ponen de acuerdo en la tilde) engendró a un varón y lo abandonó, siendo recogido por Atreo y enviado a la corte de Micenas con el nombre de Egisto.


Los años fueron pasando y Atreo seguía buscando a su hermano Tiestes, cegado por el odio. Cuando Egisto era ya un muchacho, Atreo envió a sus dos hijos, Agamenón y Menelao, a consultar el oráculo de Delfos con el fin de saber donde se hallaba su hermano; asimismo Tiestes buscaba a su hermano Atreo para consumar la venganza, y también se encaminó a Delfos para averiguar su paradero. Quiso el destino que los sobrinos y el tío se encontraran allí, y que Agamenón y Menelao, tras reconocer a su pariente, le hicieran prisionero y lo enviaran a Micenas, siendo encarcelado por Atreo, que le condenó a muerte y encargó su ejecución al joven Egisto, entregándole la espada que Pelopía había robado a su padre y violador para tal fin. Llegado el momento de la ejecución y cuando Egisto levanto la espada para matar a Tiestes, este reconoció el arma y preguntó a su verdugo cómo la había conseguido, y después del relato del joven cayó en la cuenta de que su verdugo era su hijo y nieto, producto de la violación de su hija, y pidió como gracia volver a ver a Pelopía antes de morir. El joven Egisto accedió a su petición y le condujo a Épiro para que pudiera despedirse de su hija. Pero Pelopía, que ya conocía el incesto llevado a término por su padre en su persona, sucumbió a la vergüenza y a la idea del reencuentro con su violador y decidió suicidarse atravesándose con la espada que portaba su hijo, años atrás robada a Tiestes.

Egisto, tras la muerte de Pelopía, perdonó la vida de de Tiestes y regresó a Micenas con la espada ensangrentada anunciándole a Atreo la muerte de su hermano, hecho que le causó gran alegría y tranquilidad al sentirse libre de su odiado Tiestes, preparando una ofrenda a los dioses en agradecimiento por tal desenlace. Mientras Atreo preparaba el ritual, Egisto aprovechó el momento para apuñalarle y así vengar la muerte de su padre, cumpliéndose la profecía del oráculo de Delfos.

Muerto Atreo, su hermano Tiestes se apoderó del reino de Micenas, hecho que no estaban dispuestos a admitir ni Agamenón ni Menelao (que habían sido desterrados en Sición), uniendo sus fuerzas y logrando reunir un poderoso ejército con la ayuda de Tindáreo (rey de Esparta, esposo de Leda y padre de Clitemnestra y Cástor. También figuran entre su prole la bella Helena y Pólux, aunque eran hijos de Zeus) expulsando del trono a Tiestes, que se refugió en la isla de Citera hasta su muerte. Egisto habría de rematar la venganza vaticinada por el oráculo de Delfos, años más tarde, con el asesinato de Agamenón a su regreso de la guerra de Troya, en connivencia con la esposa de este, Clitemnestra, en calidad de amante de la misma.

Recuperado el trono de Micenas por los hijos de Atreo, ambos decidieron que el soberano habría de ser Agamenón, estableciéndose Menelao en Esparta y contribuyendo a la unión de ambos reinos, los más poderosos de toda Grecia. Agamenón se casó con Clitemnestra y ambos tuvieron cuatro hijos: Electra, Orestes, Crisótemis e Ifigenia.

Helena y Menelao, reyes de Esparta.

Años antes, en una ciudad de Asia menor llamada Troya, la reina Hécuba estaba embarazada de su segundo hijo y tuvo un sueño tan inquietante como desconcertante: soñó que daba a luz a un haz de leña ardiendo del que salían serpientes y le contó el sueño a su marido Príamo, el rey de la ciudad. Príamo pidió ayuda al vidente Calcante, sacerdote de Apolo, el dios al que rendía culto la ciudad, y este le dijo que decapitara al niño-porque sería un varón-nada más nacer, para evitar la terrible desgracia que caería sobre Troya con ese nacimiento.

La antigua Grecia.
Príamo, horrorizado por la idea de matar a un bebé que además era su propio hijo, decidió llamar a su capataz de pastores y ordenarle que abandonara al niño en los bosques del monte Ida, y que volviera a los diez días al lugar para comprobar si aún seguía vivo. El pastor cumplió la orden pero regresó al lugar a los nueve días, y comprobó sorprendido que el niño estaba vivo y era alimentado por una osa, decidiendo llevárselo a su casa y criarlo con sus hijos. Antes del abandono de su bebé, Hécuba le metió entre las ropas un sonajero para calmar los llantos de la criatura. El niño fue llamado Paris y creció en casa del pastor, fuerte, hermoso e inteligente y con un alto sentido de la justicia, siendo reclamado por los pastores para ser juez en las corridas de toros, cosa que sabía Zeus, que apreciaba las virtudes del joven.



Eris: diosa de la discordia.

Mientras Paris vivía en aquel entorno pastoril, gozando de la naturaleza y de los amoríos con las zagalas del monte Ida, en el reino de Ftiótide se preparaba una gran boda entre la nereida Tetis y el rey Peleo (futuros padres de Aquiles) a la que asistían los dioses y diosas del Olimpo; todos menos Eris, la diosa de la discordia, que se sintió muy ofendida y decidió aguar la fiesta: Eris depositó una manzana de oro, con la leyenda “para la más bella”, sobre la mesa que compartían Hera (esposa de Zeus), Atenea (hija soltera de ambos y diosa de la sabiduría y la guerra) y Afrodita (nuera de estos y diosa del amor). Lo más lógico habría sido entregar la manzana a la novia pero Zeus, conocedor del carácter de su esposa y demás mujeres de la familia, decidió no implicarse en tan delicado asunto y recordó la imparcialidad y buen juicio del joven Paris, enviando en su búsqueda al mensajero del Olimpo, Hermes, para encargarle tan delicada misión. Paris recibió el encargo con disgusto pero no pudo negarse y desobedecer al dios de dioses.

Con ello se organizó el primer concurso de belleza de la historia y Paris citó a las candidatas al premio en las campiñas del monte Ida. Las tres gracias olímpicas se presentaron juntas ante el juez y, tras exhibir sus encantos por riguroso turno, procedieron al soborno del jurado: Hera prometió al juez nombrarle emperador de Asia si era la elegida, Atenea le ofreció la suprema sabiduría y la victoria en todas las batallas; y Afrodita, hermosa y sensual, conocedora de las artes de seducción más refinadas, le susurró al oído:

¡Querido Paris, declaro que eres el muchacho más atractivo que he visto desde hace muchos años! ¿Por qué perder el tiempo aquí, entre toros, vacas y pastores estúpidos?

¿Por qué no te mudas a alguna ciudad rica y llevas una vida más interesante? Mereces casarte con una mujer casi tan hermosa como yo; déjame que te sugiera a la reina Helena de Esparta. Una mirada y haré que se enamore de ti tan profundamente que no le importará dejar a su marido, su palacio, su familia… ¡Todo por ti!
El juicio de Paris.


Aquellas palabras de Afrodita hicieron mella en Paris, auténtico Play Boy de la antigüedad, que acabó concediéndole a la diosa la manzana y propiciando con esa decisión el inicio de la guerra de Troya, años más tarde, y la cólera de las otras diosas, que juraron venganza. Pero volvamos a Esparta y a Menelao y sigamos la historia de los Atridas.

En el reino de Esparta los soberanos eran Tindáreo (hijo de Ébalo, rey de Esparta, y de Gorgófone) y Leda (hija de Testio, rey de Etolia), hermosa mujer de seductora y perenne sonrisa que gustaba del baño diario en las claras aguas del río. En uno de sus baños habituales fue avistada por Zeus y el dios se sintió atraído por Leda, transformándose en cisne para acercarse a la reina sin alterarla, como había hecho con Europa transformado en toro (véase la historia de Minos, rey de Creta en este blog). En ese encuentro, Leda fue poseída por Zeus en las aguas del río y poco antes por el rey, su esposo. De ambas uniones quedó Leda embarazada y, saltándose las leyes de la reproducción animal, su descendencia fue al 50% de ambos amantes creando confusión sobre la paternidad de ambos. Una tradición-la más aceptada- dice que la reina parió dos huevos, y que de uno de ellos nacieron Clitemnestra y Cástor y del segundo Helena y Pólux, atribuyendo la paternidad del primero a Tindáreo y la del segundo a Zeus. No obstante, Cástor y Pólux, los dioscuros, eran considerados gemelos a pesar de su paternidad dual (Pólux sería inmortal por ser hijo de Zeus, y Cástor mortal por ser su padre Tindáreo); que cada cual piense lo que quiera. Para completar la dinastía de los TINDÁRIDAS, debemos citar a Timandra, Filónoe y Febe.
Leda y el cisne (Leonardo Da Vinci)


La descendencia de Tindáreo creció en Esparta y Helena, aún adolescente, se convirtió en una mujer hermosísima cuya fama traspasó los límites del reino hasta ser considerada la mujer más bella de todos los reinos de la futura Grecia, siendo por ello raptada por Teseo (véase el personaje en este blog) , llevada a Ática y liberada por sus hermanos dioscuros (Cástor y Pólux) que conquistaron Afidna, la ciudad en que estaba retenida, se llevaron a Etra (la madre de Teseo) y derrocaron a Teseo para poner a Menesteo en el trono de Atenas. Su hermana Clitemnestra se casó con Agamenón, el poderoso rey de Micenas, que habría de asegurar una gran boda a su hermano Menelao con la hermosa Helena, desencadenando la guerra de Troya años más tarde y una tragedia personal que acarrearía su muerte a su regreso a Micenas, ejecutada por su esposa y el amante de ésta.

domingo, 21 de noviembre de 2010

LA MALDICIÓN DE LOS ATRIDAS (I)

Supuesta máscara funeraria de Agamenón, rey de Micenas (1600 A.C. Museo Arqueológico de Atenas).

Quizás una de las dinastías más interesantes de la mitología griega sea la de los Atridas, llamada así por ser su fundador Atreo, quien habría de transmitir una terrible maldición de sangre y venganza a sus descendientes que marcaría la historia de esa familia y también la historia de la Grecia antigua, dando pié a toda una literatura clásica que va desde Homero hasta los grandes dramaturgos de la antigüedad clásica: Esquilo, Eurípides y Sófocles, por no citar a los escritores romanos y a todos los que habrían de venir después, en distintos países y en diferentes épocas. Todo un universo de pasiones, grandezas y perversiones, que ha forjado nuestro legado cultural desde la noche de los tiempos hasta hoy día y que nos hace pensar en la naturaleza humana, capaz de las mayores grandezas y de las mayores ruindades. Un patrón que se repite a lo largo y ancho de nuestra historia… Como una maldición más arcaica que la de los Átridas.


Dice la mitología que Zeus creó a Tántalo a través de su unión con una humana, y que éste engendró a Pélope y a Niobe, siendo rey de Frigia. Tántalo quiso probar la infalibilidad de los dioses olímpicos invitándoles a un ágape en el que se servía un plato muy especial: El niño Pélope cocinado como un lechón. Los dioses se percataron de aquella monstruosidad y rechazaron la comida, salvo Demeter, que en su distracción comió un trozo de carne del niño correspondiente a su hombro derecho, acto que impidió reconstruir totalmente la anatomía del infante cuando los olímpicos, conmovidos, decidieron devolver la vida a Pélope y reconstruir su hombro con una prótesis de marfil. Esto no impidió que el niño creciera sano y hermoso a pesar de su mutilación.

Efectivamente: Pélope creció y se convirtió en uno de los príncipes más hermosos de su época hasta el punto de llamar la atención de Poseidón, que le raptó para llevárselo al Olimpo en calidad de copero para no ser menos que Zeus, que secuestró al príncipe Ganímedes por el mismo motivo y con el mismo fin; ambigüedad sexual de dioses y mortales tan presente en una cultura amante de la belleza, de la proporción, del canon perfecto, pero también de la belleza espiritual. En las ruinas de Olimpia, en el túnel de salida de los atletas, se puede ver grabado en las piedras un testimonio amoroso: un nombre (que no recuerdo) seguido del adjetivo KALOS (bello). Una cultura avanzada y también injusta, xenófoba por su desprecio al extranjero-el meteco-y usuaria de la esclavitud como liberación de las tareas más tediosas y rutinarias, que con su liberación creo la filosofía y la democracia. Pero volvamos a la historia.

Ganímedes y el águila (1817 Museo Thorvaidsen de Copenhague)
Instalado Pélope en el Olimpo en calidad de copero, que debía servir la ambrosía a los dioses, su padre quiso adquirir la inmortalidad de los divinos probando el elixir de los dioses y presionó a su hijo para distraer una copa; pero la cantina olímpica estaba bien vigilada y la distracción fue advertida a tiempo. Pélope fue expulsado de las mansiones de Hefesto, y Tántalo castigado terriblemente en el Tártaro por toda la eternidad: Un vergel de ríos cristalinos y árboles frutales que no saciarían sus necesidades porque, cuando el condenado se acercaba al río y a la fruta, éstos reaccionaban secándose y elevando sus ramas para hacer imposibles sus propósitos.

Pélope, desterrado de su reino y liberado de su padre, siguió su camino vital hasta llegar a Grecia y en Elide conoció a Hipodamía, hija del rey Enómao, de la cual se enamoró siendo correspondido por ella. Un oráculo advertía al rey que de que moriría a manos de su yerno y por eso retaba a todos los pretendientes de su hija a una carrera de carros para obtener su mano. Enómao, hijo de Ares, disponía de unos magníficos caballos heredados de su padre, con los que había vencido a los jóvenes pretendientes de su hija hasta el momento, salvándose de la profecía del oráculo. Pélope recogió el guante arrojado por su futuro suegro y accedió a la competición, logrando la victoria con ayuda de su amante, que convenció al auriga Mírtilo para que trucara el carro de su padre sustituyendo los pernos de las ruedas por clavos de cera, muriendo Enómao en la competición. La profecía se había cumplido y Pélope tomó por esposa a Hipodamía.


Pélope e Hipodamía en el carro.
Pélope e Hipodamía tuvieron dos gemelos (Atreo y Tiestes), Alcátoo (el padre de Ayax), Piteo (abuelo de Teseo, del que ya se habló en este blog) y Astidamía. También tuvo un desliz con una ninfa, del cual nació Crísipo, encendiendo el odio de Hipodamía que lo transmitió a sus hijos gemelos hasta el punto de urdir un plan para matar al bastardo, cosa que impidió Pélope y dio origen a la maldición de los Átridas, formulada por Pélope contra sus hijos gemelos, y al destierro de sus hijos y su mujer.

El recuerdo de Pélope está presente en la actual Grecia dando nombre a la península del Peloponeso (Peloponisos: la isla de Pélope).


    Una vez expulsados los gemelos Atreo y Tiestes, junto a su madre, Hipodamía, se refugiaron en Argos, donde el yerno de Pélope, Esténelo, les confió el cuidado de la ciudad. Atreo se casó con Aérope ( nieta de Minos, el rey de Creta, personaje ya tratado en este blog) y tuvo dos hijos: Agamenón y Menelao. Un cordero de su rebaño crió un vellón de oro y Atreo lo escondió para no ofrecérselo a la diosa Ártemis (la Diana de la mitología romana), guardando el vellón en un arca. Su esposa, Aérope, se había dejado seducir por su cuñado, Tiestes, y le regaló la piel de oro a su amante, cosa que descubriría con el tiempo Atreo cuando ya era rey de Argos y Micenas.
 Atreo llamó a su hermano para invitarle a un banquete en su honor. En este caso la comida era más de lo mismo: antropofagia a costa de los hijos de Tiestes, siguiendo la tradición familiar iniciada por su abuelo Tántalo. Después de tan macabra comida Atreo le reveló a su hermano la receta de tan sabroso ágape, arrojó al mar a su esposa adúltera y expulsó de sus reinos a su hermano, alimentado con las carnes de sus propios hijos.
 La crueldad humana y el odio no tienen épocas ni fronteras, tampoco sirven para contenerlas los lazos familiares, tan característicos de nuestra cultura mediterranea que incluye una dieta variada y equilibrada, recientemente elevada a la categoría de PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD. Supongo que esa distinción patrimonial no incluye esos gustos culinarios que aquí se reseñan, aunque la decadencia que nos invade es capaz de cualquier cosa, incluso el canibalismo como experiencia nueva, que ya se ha dado en nuestra avanzada sociedad.
 Una maldición encarnada en los Atridas, de la que seguiremos hablando.





lunes, 26 de abril de 2010

LA MUERTE DEL MINOTAURO: EL LABERINTO DE KNOSSOS.

Templo de Hefesto en el Ágora de Atenas. Más conocido como Tisíon por estar representadas las doce tareas de Teseo en sus frisos.
Acogido Teseo por su padre Egeo en su palacio de Atenas, por la fama de héroe que le precedía, el rey ignoraba la identidad de su huésped pero no su esposa Medea, sabedora de quien  era el invitado y el peligro que representaba para ella y su hijo Medo, por su condición de maga. Ésta convenció a su marido de la amenaza que representaba el invitado, presentándole como un rival político, y le propuso deshacerse  de él envenenándole la copa de vino que le servirían en la comida. Egeo, paranoico por la amenaza constante de su hermano Palante y sus cincuenta sobrinos, creyó a su esposa y decidió llevar adelante el plan de asesinato mediante el veneno.
Sentados los comensales a la mesa del comedor de palacio se sirvió el asado, probablemente pantagruélico, y Teseo desenvainó su espada para trincharlo y disponer las raciones. En ese momento, Egeo tiró la copa de Teseo de un manotazo al reconocer su espada, aquella que había escondido bajo la gran roca en presencia de Etra al partir de Trecén, y comprendió la identidad de Teseo, aquel hijo tan deseado que había ido a buscar años atras consultando al oráculo de Delfos y sembrando su semilla en la hija de su amigo Piteo, en la península del Peloponeso (Peloponisos: la isla de Pélope, hijo de Tántalo, castigado por los dioses a pasar hambre y sed en el Tártaro por toda la eternidad tras ofrecer un ágape al panteón olímpico, consistente en el cuerpo de su hijo asado, para comprobar la infalibilidad divina. Los dioses se dieron cuenta de la monstruosidad-salvo Demeter que, distraída, comió un trozo de hombro del niño- devolvieron la vida a Pélope, conmovidos, y sustituyeron su mutilación con una prótesis de marfil, como haría hoy un traumatólogo con una cadera o rodilla).Egeo, desde ese momento, centró todo su interés y cariño en su heroico hijo natural como había intuido su esposa. Medea, avergonzada y desprestigiada por su engaño, abandonó Atenas con su hijo Medo, donde años antes se había refugiado tras abandonar Corinto después de asesinar por venganza a sus hijos habidos con Jasón, cuando éste la dejó para casarse con la hija del rey Creonte (magnífica la película de Pier Paolo Pasolini, adaptación de la tragedia homónima de Eurípides e interpretada por María Callas, que tantas veces había dado vida al personaje en la ópera de Luigi Cherubini), y ambos se dirigieron a Asia Menor.
 Palante y su medio centenar de hijos habían oído las proezas de Teseo y le tenían respeto, pero ello no impidió que trataran de arrebatarle el trono a Egeo y emprendieran una batalla contra el rey en la que participó Teseo, matando a todos los hijos de aquel. Como eran parientes, Teseo fue juzgado en el Areópago y fue absuelto. Posteriormente mato al toro de Creta, que Heracles había llevado a Maratón y según una tradición dio muerte a Androgeo, hijo del rey Minos, motivo por el que el rey de Creta impuso a Atenas el tributo de las siete doncellas y siete donceles, que debían ser enviados a la isla para servir de alimento al Minotauro (como ya dijimos, otra versión atribuye la muerte del príncipe a la envidia de los nobles atenienses, al ser vencidos por aquel en la mayoría de las pruebas olímpicas celebradas en Atenas). Existen también varias versiones acerca de la periodicidad con que se debía cumplir el tributo: cada luna llena, cada siete años, cada nueve años... Lo cierto es que el terrible tributo tenía profundamente entristecida a la ciudad de Atenas y a su rey, que veían zarpar el barco del sacrificio con los jóvenes atenienses, desplegando sus velas negras en señal de luto para nunca volver. Minos había hecho la promesa de acabar con esta sangría cuando alguno de los reos diera muerte al Minotauro en el laberinto de Knossos, donde estaba encerrado, y Teseo decidió ser él mismo uno de los jóvenes ofrecidos en sacrificio para tener la oportunidad de acabar con el monstruo.
  El soberano de Atenas no acogió con agrado esta idea de su hijo y se resistió con todas sus fuerzas y su autoridad a ella. No quería correr el riesgo de perder a ese hijo que tanto había deseado y que era el sucesor perfecto, pero la tozudez de un Teseo adolescente/jovencito pudo más que su oposición y accedió a que él encabezara la lista (vamos a ver, que le compró la Nintendo, la moto y le dejó salir de "botellón", para que lo entiendan los padres de hoy), haciéndole prometer que si regresaba vivo debería desplegar las velas blancas cuando la nave arribara al puerto de Atenas. Y Teseo partió en el barco de la muerte hacia Creta. Algunas versiones dicen que en esa nave iba Minos, que trató de seducir a la bella Peribea y Teseo le reprendió diciendo que él era hijo de Poseidón; Minos arrojó su anillo al mar y le dijo al joven que lo recuperara con la ayuda de su supuesto padre. Zeus lanzó un rayo que condujo a Teseo a la morada de Poseidón y éste le entregó el anillo, que Teseo devolvió a su dueño tras emerger de las aguas (una anécdota que tiene poco que ver con el desarrollo de esta historia, pero existe y hay que contarla). Teseo llega a Creta, a la costa norte-central, donde hoy está la capital de la isla, Heraclion, para ser conducido a Knossos, a apenas siete Km. de la ciudad actual.
 Atracado el barco de la muerte en la costa norte de Creta y llevados los reos al palacio de Minos, quiso el capricho de la diosa Afrodita que Ariadna, hija de Minos y Pasifae, se enamorara perdidamente de nuestro joven héroe sirviendo de alcahuete nuestro ya mencionado Dédalo, el artífice del laberinto, con la complacencia de ambos amantes. Ariadna le entrega a su amante una bobina de hilo, que este fijará a la entrada del laberinto irresoluble de Dédalo desenrrollándolo según avanza, y finalmente se topa con el terrible monstruo luchando con él hasta darle muerte. Rebobinando el hilo, logra salir del laberinto y su amada le espera a la puerta del mismo con el alma en vilo. Minos no ve con agrado esta relación entre su hija y un ateniense y ambos amantes deben huir rápidamente en promesa de amor perpétuo; Dédalo y su hijo Ícaro acabaran enderrados en el laberinto por su intromisión, pero de esta historia ya hemos hablado antes.
  Los amantes de Creta, con el resto de jóvenes y jóvenas (seamos politicamente correctos) atenienses, huyeron apresuradamente del palacio de Minos y se dirigieron  a la nave fúnebre, no sin antes perforar el casco de de los navíos de la flota cretense y matar a los vigilantes de dicha flota para asegurar su huida. Embarcados y sueltas las amarras, iniciaron el viaje de regreso a Atenas, que no fue precisamente un crucero de placer. Ariadna acabo sus días en la isla de Naxos (al norte de Creta) de distintas maneras según que versiones: Unos dicen que una terrible tormenta desencadenada por Poseidón casi hace zozobrar la nave, y que Ariadnacayó por la borda frente a la costa de la citada isla, donde habían fondeado para protegerse del temporal, y todos la dieron por muerta, continuando su singladura. Ariadna llegó a la playa arrastrada por las olas y fue acogida por Dionisos, que la convirtió en su esposa. La otra versión dice que Teseo la abandonó en la isla , ya cansado de élla, y fue acogida por Dionisos ( el Baco de la mitología romana) que se casó con ella. Ariadna terminó sus días en la isla de Naxos junto a su esposo (final feliz). 
Ariadna en la isla de Naxos, esposa de Dionisos.
La nave del sacrificio llega finalmente a Atenas, entrando por la bocana del puerto. Egeo, que ha sido avisado de tan transcendente evento, se asoma al horizonte y contempla con horror y dolor que el navío despliega velas negras, y no es sabedor del olvido de su hijo y la marinería que tripula la nao de desplegar las velas blancas en su regreso triunfal, como ambos habían pactado. Al espanto de la pérdida de catorce jóvenes atenienses se suma el terrible dolor de la muerte de su ya querido hijo y digno sucesor, su idolatrado Teseo, el tesoro de su vida, por el cual renunciaría a su reino, a su corona y a su poder: un padre.
                                                                                       Teseo dando muerte al Minotauro.
 Con lágriamas de dolor en sus ojos, Egeo se encamina hacia ese mar que baña su reino y permite a sus naves comerciar con otras polis. Camina lentamente por la áspera arena de la playa y se introduce pausadamente, llorando, en las cálidas aguas de esa inmensa masa acuosa, de azul intenso y transparente, y encuentra a Tánatos, la muerte, que le ofrece un descanso eterno libre de sufrimientos. Desde ese suceso trágico, esa parte del Mediterráneo recibe el nombre de MAR EGEO.
  Otra versión dice que Egeo se tiró al vacío desde la Acrópolis tras contemplar la llegada del barco de Creta (llamado Salaminía y convertido en objeto de culto tras la gesta) y comprobar que llevaba desplegado el velamen negro. A este narrador de los hechos le gusta más la primera versión; cada uno que elija la que sea de su gusto.
  La costa de Creta bañada por el Egeo.
    Pero Teseo habrá de protagonizar más aventuras hasta su muerte trágica. Se volvió a casar, tras una batalla contra las amazonas, con la reina de estas, Antíope/Hipólita, con la que tuvo un hijo, Hipólito, (véase la tragedia de Hipólito de Eurípides) de castidad inquebrantable y gran belleza. A la muerte de Antíope en la guerra entre Atenas y las amazonas, en la que luchó en el bando ateniense junto a su marido, Teseo se volvió a casar con Fedra, la hermana de Ariadna, con la que tuvo dos hijos: Acamante y Demofonte. Hipólito fue enviado a Trecén como parte de su formación antes de ser rey y allí se manifestaron sus grandes dotes de atleta y cazador. Fedra, que había llegado con su esposo a Trecén en un viaje desde Atenas, descubrió un día los encantos de su hijastro cuando éste hacía ejercicios en el gimnasio, y nació en élla una pasión enfermiza hacia Hipólito que alimentaba escondiéndose diariamente en el gimnasio para contemplar al joven. Se dice que Fedra, en su escondite, contemplando al objeto de su pasión, pinchaba las hojas de un mirto que allí había con un pasador par el pelo, y desde entonces las hojas del mirto tienen tantos agujeritos. Una versión dice que Hipólito profesaba un culto especial a Artemis (la Diana de la mitología romana, auténtico virago que podría ser el estandarte del feminismo más radical) y su castidad enfureció a Afrodita que en venganza infundió esa pasión en Fedra.
  De regreso a Atenas el joven Hipólito para participar en el Panateneas, Fedra le confesó su pasión y éste la rechazó. Fedra escribió una carta calumniosa a su esposo en la que acusaba a su hijastro de intentar seducirla causando la ira de Teseo contra su hijo, que fue expulsado de Atenas. Cuando Hipólito abandonó la ciudad en su carruaje, Poseidón, también encolerizado por la falsa acusación contra el joven y ante la petición de Teseo de que fuera castigado, hizo volcar el carro de aquel provocando su muerte al ser pateado por los caballos. Fedra, avergonzada por sus actos, se suicidó. Por mandato de Artemis, los habitantes de Trecén adoraron como a un dios a Hipólito, después de su trágica muerte.
  El viudo Teseo, en compañía de su amigo Pirítoo, rey de los lapitas, decidió buscar nueva esposa entre la ralea divina y ambos raptaron a la bella Helena en Esparta, que tenía doce años, y que fue adjudicada a Teseo tras jugársela a suerte. Esto enfureció a los hermanos de la joven, Cástor y Pólux, los Dioscuros, que fueron hasta Atenas para liberarla.
 El resto de la historia de Teseo da para mucho más y no vamos a extendernos contándolo.
   Cornamenta de toro en piedra en Knossos.

domingo, 28 de marzo de 2010

LA TRAGEDIA DE MINOS Y PASÍFAE.


   Felices ambos monarcas en el palacio de Knossos, la venganza de Poseidón por no haber sacrificado al toro blanco en su honor se hizo realidad. El dios marino indujo una pasión enfermiza en Pasífae y esta se enamoro del animal hasta el punto del bestialismo, engendrando en esa unión a un ser monstruoso, con el cuerpo de hombre y la cabeza de toro, conocido y temido con el nombre de Minotauro. El Minotauro de Creta no era más abominable por su apariencia  como por su voracidad y gustos alimenticios, pues era antropófago y exigía carne humana para su manutención, y amedrentó a los cretenses durante años y también a los atenienses, que debian pagar un tributo doloroso y terrible.
  Androgeo, el hijo de Minos, murió de manera trágica (una tradición atribuye su muerte al enfrentamiento con el toro indomable de Creta- el regalo de Poseidón a sus padres-que Heracles capturó y liberó en Maratón, cumpliendo con su séptima tarea, y que
androgeo intentó matar. Y otra tradición atribuye la muerte del príncipe a la envidia de los nobles atenienses, que le lincharon por haber vencido en la mayoría de las pruebas de una olimpiada celebrada en Atenas). Fuere lo que fuere, lo único cierto es que Minos nunca pudo superar la muerte de su hijo y el rencor hacia Atenas. La poderosa flota naval de Creta fue enviada a castigar a los atenienses y les venció. Minos no arrasó la ciudad ni mató a sus habitantes, pero les impuso un tributo muy doloroso. El viejo Egeo, rey de Atenas, habría de derramar muchas lágrimas viendo zarpar al barco de velas negras, en señal de luto, hacia la isla de Creta.
  El rey Minos no se deshizo de su monstruoso hijastro, no parece que se separara de Pasífae por su infidelidad tan peculiar, aunque algunas versiones afirman que la repudió y esta se vengó de él mediante un conjuro, ayudada por su hermana Circe y su tía Medea, ambas magas, para llevar la muerte a las futuras amantes de su marido. Muerto Androgeo, aún viven Ariadna y Fedra (no confundir con Fedro, el joven discípulo de Sócrates que escribió una defensa para el juicio de este en el Areópago, y Sócrates rechazó por no confiar en los jueces) ,que tendran un papel importante en esta historia.
   Ante la amenaza constante de el Minotauro para la población cretense, Minos tuvo que tomar una decisión de futuro sobre el monstruo, para que este no siguiera sembrando el terror y la muerte por toda la isla. A la rocosa Creta había llegado para instalarse un prestigioso artesano,  inventor, arquitecto y muchas cosas más, con su hijo, tras ser juzgado en el Areópago y desterrado de Atenas, su ciudad de origen, por un delito de asesinato en la persona de su sobrino. El rey estaba contento de tener en su territorio a tan ilustre y admirado personaje y decidió encargarle las obras de todos los palacios de su imperio, especialmente el de Knossos, que seria su morada y la carcel del Minotauro en forma de laberinto prácticamente irresoluble, Malía y Festos.
  Dédalo (hijo del rey tirano de Atenas, Erecteo, y de Ifínos) abandono Atenas, con su hijo Ícaro, después del destierro por haber asesinado a su sobrino, Talos, empujándole desde lo más alto de la acrópilis de Atenas por la envidia y el temor que sentía por este, porque Talos fue discípulo aventajado de su tío y podría hacerle sombra. La desgracia también se cebaría con Dédalo en Creta cuando fue la Celestina de los amores de Pasífae, tallando una vaca de madera, hueca, que sirvió de Tálamo a la reina y al toro blanco para consumar su pasión y procrear al Minotauro. Enterado Minos de este suceso, montó en cólera y encarceló a Dedalo y a su hijo (no sé si muerte o cadena perpétua) con lo cual volvió a trabajar el genio de Dédalo: Con  la ayuda de su hijo fabricó unas alas que habrían de pegar con cera a sus hombros para escapar volando de la isla. Dédalo le dio instrucciones a su hijo para que no se aproximara al sol en su vuelo, pués los potentes rayos de Helios fundirían la cera y despagarían las alas, pero el joven Ícaro, emocionado con la experiencia de volar, se olvidó del consejo de su padre y llegó tan alto que los rayos solares fundieron la cera y desprendieron las alas de sus hombros, cayendo al vacío. Ícaro murió en el mar que baña la isla de Creta y desde ese suceso recibe el nombre de "mar de Icario".

jueves, 25 de marzo de 2010

LA CULTURA MINOICA.


Zeus, precozmente adulto, convertido en el dios supremo del Olimpo, no desaprovecha ninguna ocasión para obtener el placer carnal que todo humano desea, incluidos los dioses olímpicos. Un día conoce a una bella adolescente, Europa (hija de Agenor y Telefasa, reyes de Fenicia), y se acerca a ella en una playa para seducirla, con éxito, trasfigurado en toro. Europa se percata de la presencia del bello animal y monta en su lomo iniciando ambos una huida hacia la isla de Creta, donde Zeus, nuevamente antropomorfo, posee a Europa bajo un plátano (que según la leyenda, no perdió jamás el verdor) y siembra su fecunda semilla en ella. Zeus le concede tres dones: Una lanza que no erraba el blanco; Laelepe, un perro que no perdía nunca la presa; Y Talo, un autómata de bronce que vigilaba, mientras corría alrededor de la isla, para matar a los extranjeros que se aceraban.


De esa unión habrían de nacer Minos, Sarpedón y Radamantis, y Europa se caso con Asterión, que le dio una hija: Cretea. Asterión adopto a sus hijos y nombro heredero del trono de Creta a Minos, que reino con ecuanimidad y por ello fue nombrado juez de los infiernos, junto con su hermano Radamantis y Éaco (Hijo de Zeus y Egina y abuelo de Aquiles) que pobló la isla de Egina (llamada así en honor a su madre, y arrasada por una peste que mato a toda la población) con hormigas, dando lugar a los Mirmidones, guerreros de élite que lucharon con Aquiles en la guerra de Troya.

Minos, ya rey de Creta y casado con Pasífae, recibió el saludo y aprobación de Poseidón (dios de las profundidades del ponto y de las tormentas) a modo de un toro blanco emergente de las olas marinas (Poseidón tenía auténtica debilidad por los toros. A los habitantes de la futura Atenas también les ofreció un hermoso toro blanco para lograr el patronato de esa ciudad, pero gano Atenea con su regalo: El olivo. Desde ese momento la ciudad fue consagrada a la diosa y recibió el nombre de ATHINA/ATENAS). La condición que puso el dios del ponto fue la de sacrificar al toro, cosa que Minos no quiso hacer y habría de pagar muy caro posteriormente, por la venganza del dios.

Minos y Pasífae engendraron tres hijos: Androgeo, Ariadna y Fedra (¡ojo! No confundir con Fedro, el joven discípulo de Sócrates que escribió la defensa de este ante el tribunal del Areópago, y Sócrates rechazo), que habrían de tener también destinos trágicos. En este periodo próspero medro la civilización minoica que conocemos hoy día-¿La atlántida?-desde los descubrimientos del palacio de Cnosos/Knossos realizados por Evans.

Los arqueólogos diferencian tres periodos minoicos: ANTIGUO (2700-2000 a.C), MEDIO (2000-1750 a.C) , la época de los palacios de Cnosos, Malía y Festos; Y RECIENTE (1750-1400 a.C), el apogeo de Cnosos, la suprema joya de esta cultura que dio lugar a la leyenda del Minotauro.

sábado, 27 de febrero de 2010

¿EXISTIÓ LA ATLÁNTIDA DE PLATÓN?


    Probalemente si existió, y esta es una incógnita que aún persiste en el tiempo, un desafio o una quimera que ocupa páginas y más páginas en la literatura de todos los tiempos,también el que vivimos ahora y vivirán en los años venideros nuestros descendientes, porque los mitos forman parte de nuestra idiosincrasia como seres humanos. Algunos científicos la sitúan en las Cicladas, concretamente en Tera (Santorini), otros sitúan a dicha civilización en diversos lugares del Atlántico, incluso en regiones tan remotas como los mares tropicales, de los cuales ni Platón  ni ninguno de sus coetáneos, casi con seguridad, no tuvieran noticia de su existencia, pues el mundo acababa en Finisterre. Otros sitúan a la Atlántida en la isla de Creta, lo más meridional del extenso territorio insular y continental de la Grecia actual, cuna-nunca mejor dicho-del dios Zeus, que  hallo su refugio en esa isla cuando recién nacido fue llevado allí por su madre, Era, para salvarle de la crueldad de su padre, Cronos, siendo tutelado por las ninfas y alimentado por la cabra Amaltía en el monte Ida, el más alto de Creta.
  Una de las teorías actuales, que parece ser confirmada por estudios arqueológicos, sitúa la Atlántida en esa isla, cuya población fue arrasada por un tsunami generado en la tremenda erupción de Tera, que convirtió la isla en lo que hoy es Santorini: Un cráter habitado cuya bahía es la caldera del volcán. No es aventurado pensar que ambas poblaciones-Tera y Creta- hayan sido lo mismo en dos lugares próximos pero distintos.
   Todo esto para mi tiene una importancia relativa, yo lo que deseo es contar el mito como lo conozco y lo siento, para deleite propio y de las personas que tengan la paciencia de leerlo. No necesito decir que el hecho del descubrimiento de la Atlántida tiene una importancia relativa para mi, porque lo que verdaderamente me interesa es el mito, la especulación, el misterio de ficción y algo, supongo, de realidad deslustrada por el paso del tiempo y la interpretación mágico-religiosa que en esencia es el mito.
   Yo voy a situar mi mito personal en la isla de Creta y en su cultura milenaria, porque creo que es el lugar más idóneo.